Mindfulness para la toma de decisiones

11cdcffPor Víctor Alastuey, egresado Global MBA y Consultor Senior en The House Chile, firma de consultoría en alta dirección y capacidades organizacionales.

Todos los que hemos estudiado negocios, economía o algún tópico afín, nos hemos encontrado con el concepto “costo hundido”. Un costo hundido puede definirse como cualquier costo que ha sido incurrido y no puede ser recuperado. Dado esto, un costo hundido no debe afectar las decisiones a tomar, ya que es irrecuperable.

Cuando las personas compran acciones y su precio cae, muchos se rehúsan a vender pues “invirtieron mucho más en ellas”. La economía explica que ese dinero ya invertido está “hundido”, y no debe afectar en la decisión actual sobre si venderlas es un buen o mal negocio. El mismo concepto explica que muchos proyectos que debieron haberse detenido, terminan con inversiones gigantescas y pérdidas millonarias, ya que los encargados prefirieron seguir invirtiendo para intentar salvarlos dado que “ya habían gastado mucho en ellos”. Esta idea es culpable del fracaso de muchas iniciativas y de la toma de decisiones equivocadas, a diferentes niveles, en las organizaciones.

El concepto también puede aplicarse al ámbito personal: “llevo 3 años estudiando esta carrera y no me gusta, pero ya llevo mucho para cambiarme”, “no me gusta cómo está quedando esto, pero no voy a partir de nuevo y perderlo todo”, “me equivoqué al pagar $50.000 por esto, pero no lo vendería en $20.000 porque perdería mucho”. Todas estas situaciones nos llevan a tomar decisiones erradas y, aún peor, seguir invirtiendo tiempo, dinero y/o esfuerzo en algo que no rendirá frutos. El sesgo de los costos hundidos afecta a todas las personas en diferentes momentos y formas, haciendo que tomemos en cuenta variables que no debiésemos incluir en la toma de decisiones y que, generalmente, afectan negativamente los resultados que obtenemos.

Existen varias explicaciones para este sesgo asociado a los costos hundidos. Frecuentemente, se dice que las personas somos adversas a las pérdidas y, por ende, hacemos todo lo posible por no asumir que fracasamos en una inversión (Kahneman & Tversky, 1979); por otro lado, existe el deseo de no parecer un derrochador (Arkes & Blumer, 1985) y la necesidad de autojustificar el esfuerzo que hacemos (Aronson & Mills, 1959). Podemos encontrar varias razones, pero lo claro es que todos enfrentamos constantemente este tipo de situaciones y normalmente nos dejamos influenciar por los costos hundidos.

Una forma de hacer frente al sesgo y entender cuáles son las variables relevantes en una decisión, es enfocarse en el presente y dejar de lamentarse por malas decisiones del pasado. Desde esta premisa, el concepto de Mindfulness emerge como una práctica que nos puede ayudar a tomar mejores decisiones. Mindfulness puede ser definido como un estado de consciencia en el cual la atención esta intencionalmente puesta en el momento presente, limpiando la mente de cualquier otro pensamiento o preocupación.

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Usualmente, prestamos mucha atención a hechos que ya ocurrieron en el pasado y que no pueden alterarse, o a potenciales escenarios futuros que podrían o no ocurrir. Esto desvía nuestros pensamientos a cosas que no podemos manejar, distrayéndonos y haciéndonos actuar de manera menos efectiva en el presente.

Una de sus consecuencias es generar desórdenes en la salud como ansiedad, estrés e incluso depresión; y al mismo tiempo hacernos menos efectivos en nuestras tareas, aumentando la posibilidad de error y generándonos dudas. Todo por estar preocupados de cosas irrelevantes en vez de enfocarnos en lo que estamos haciendo en ese momento.

El concepto de mindfulness, y su práctica a través de la meditación, comenzó como objeto de estudio para profesionales de la salud y psicología. Hoy en día, ha irrumpido con fuerza en la literatura del management, ya que su aplicación ayuda a los líderes en aspectos como la toma de decisiones, la efectividad operacional, el manejo de equipos, entre otros.

Uno de los beneficios asociados al mindfulness es la capacidad de tomar mejores decisiones, enfocándose en la información disponible en el presente y disminuyendo el efecto de los costos hundidos en la decisión. La práctica cotidiana del mindfulness disminuye la tendencia de las personas a sobrevalorar el futuro o el pasado, lo que reduce el efecto de los costos hundidos.

Un artículo publicado en 2013 por la prestigiosa revista Psychological Science, propone que la aplicación recurrente de meditación mindfulness disminuye considerablemente el efecto de los costos hundidos en sus practicantes. Los autores llevaron a cabo distintos estudios para demostrar esta correlación.

En uno de ellos tomaron una muestra de personas al azar. La mitad fue sometida a una sesión de meditación mindfulness. Luego, a todo el grupo se le pidió que evaluara una situación ficticia: justo cuando su empresa acaba de comprar en $200.000 una imprenta, un competidor que quiebra, les ofrece su imprenta que es más moderna y rápida en $10.000. La empresa no puede vender la imprenta inicial, porque está hecha a la medida, pero sí tiene $10.000 en ahorros. Curiosamente, solo un 44% de las personas que no asistieron a la sesión de meditación decide comprar la nueva imprenta, mientras un 78% de las que sí asistieron fueron capaz de resistirse a los costos hundidos y comprar la nueva imprenta. Este es uno de muchos estudios que son descritos en este artículo y que sugieren que la práctica de meditación mindfulness ayuda a evitar el efecto de los costos hundidos.

El efecto descrito es sólo uno de tantos beneficios que la práctica sistemática del mindfulness nos trae a nivel personal y profesional. El hecho de estar atento a lo que ocurre en el presente y no dejarse afectar por las emociones y preocupaciones que conllevan los hechos pasados irremediables o futuros poco probables, nos ayuda a tomar mejores decisiones y ser más efectivos día a día.

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